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29/8/10

Para los libros

Un día como hoy en Ni a Palos publicamos esto:

El discurso que pronunció la Presidenta Cristina Fernández en la presentación del informe Papel Prensa: La Verdad fue para los libros. Fue tal vez el más importante de su presidencia hasta la fecha porque además de la brillante oratoria con que lo entregó -una de sus virtudes más destacadas- tuvo un voltaje y un contenido político que le dio un tono casi inaugural, fundante de una nueva etapa en nuestra vida democrática.

Hubo una vez un presidente yanqui, el General Dwight “Ike” Eisenhower, que sorprendió con un discurso inesperado que es mucho menos conocido que cualquier discurso de Kennedy pero que, probablemente, podría ser leído como una premonición del asesinato del célebre JFK. Cualquiera que haya visto la película de Oliver Stone sobre la investigación que el Fiscal Garrison llevó a la Justicia norteamericana por el asesinato de Kennedy lo habrá visto en la introducción. Cualquiera que quiera verlo, lo puede googlear.

En aquel discurso de Eisenhower -el viejo rubio mira a la cámara directamente desde su sillón en el Salón Oval- se advierte sobre la existencia de un nuevo fenómeno en la “experiencia americana”: la Guerra Fría había obligado a invertir grandes cantidades de recursos en la carrera armamentística, y de esa gigantesca transferencia de riquezas surgió un nuevo jugador en la cancha del poder norteamericano: el “complejo industrial-militar”, cuya “influencia total - económica, política, incluso espiritual - se deja sentir en cada ciudad, cada capitolio estatal, cada oficina del gobierno Federal. (...) Nunca debemos permitir que el peso de esta combinación haga peligrar nuestras libertades o procesos democráticos. No debemos dar nada por garantizado. Sólo una ciudadanía alerta e informada puede imponerse al engranaje propio de la enorme maquinaria industrial y militar de defensa con nuestros pacíficos métodos y objetivos, para que la seguridad y la libertad prosperen juntas.” Durísimo.

Eisenhower pronuncia esas palabras en su discurso de despedida, una tradición de los presidentes norteamericanos que consiste en emitir una declaración ἀnal, un legado, antes de irse a disfrutar del 82% móvil. Éste en particular tiene una gran signiἀcación histórica: un presidente yanqui (supuestamente el hombre más poderoso del mundo) advierte sobre la existencia de un poder que lo supera en alcance y en influencia. La advertencia no penetró, y así están hoy los muchachos, bajo el imperio de los halcones de hierro.

Cristina el otro día hizo prácticamente lo mismo. Tal vez la diferencia más notoria entre este y aquel discurso no sea el idioma en que fue pronunciado sino el momento en el que se pronunció. Uno lo hizo de salida, en el último día de su mandato, y la otra lo pone sobre la mesa a un año y medio de las elecciones presidenciales más importantes y peleadas de los últimos treinta años de democracia. Esa actitud requiere de una valentía y una determinación admirable. Porque denunciar ante todos los argentinos -la cadena nacional midió 29 puntos de rating según Ibope- que las instituciones democráticas son menos poderosas que otras instituciones ocultas, y quedarse para seguir gobernando y enfrentar esa situación requiere de un arrojo sin precedentes.

Mientras tanto, El Poder reacciona con un acta firmada por escribano en la que una víctima se retracta de lo que dijo hace un mes en Tiempo Argentino y hace más de 20 años en la Justicia. Una respuesta pequeña, pobre, que no alcanza ni para bajar a fuego lento la pregunta imparable que se le ha planteado a la sociedad.

Papel Prensa es el disparador de un debate de ideas superior. Porque si bien es el “pecado original” sobre el que se construyó un imperio económico monopólico, lo que Cristina nos planteó a todos -pero en especial a los otros dos poderes del Estado- es una lista de simples preguntas: Muchachos, ¿quién va a gobernar en la Argentina? ¿Nosotros -los políticos electos, los que la gente puede poner y sacar, los que nos sometemos a la voluntad de todos los habitantes del suelo argentino- o “los otros”, ese poder oculto, invisible, que hoy está por primera vez a la vista de todos? ¿Qué vamos a hacer nosotros? Vamos a seguir chupándoles las medias a un gerente para que no nos saque un semáforo rojo en el diario, o nos vamos a plantar? ¿Qué somos nosotros? ¿Para quién trabajamos? ¿Para quién nos exponemos? ¿Dejamos las convicciones en la puerta de la Rosada / Gobernación / Municipalidad / Banca / Judicatura / Función Pública, o nos plantamos?

Y está bien, alguno dirá que no es una idea nueva. Y otros diremos que para muchos sí, que para la mayoría es una idea nueva. A “los otros”, los invisibles, los sufrieron a muerte todos los presidentes democráticos (Alfonsín, Menem, De la Rúa). Y aún los más dóciles, los más entreguistas, cayeron bajo la vara de “los otros”, tarde o temprano. El resto es verso. El debate iniciado, e inconcluso, desde que terminó la dictadura está recién por saldarse y se organiza en torno a la pregunta por antonomasia: en una democracia, ¿quién gobierna?

1 comentarios /:

damianivanoff dijo...

Fabuloso. Resumen bien el fondo de la cuestión. Sirve para responder a muchos que se abstienen de pensar al respecto, al ver en la lucha un juego de ver "Quién la tiene más grande". No, señores. Con el voto no podemos echar a los gerentes de La Nación, pero a los funcionarios sí.