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6/2/11

Nada más y nada menos que soberanía

Un día como hoy pero del año 2006, la compañera y amiga de esta casa, María Inés Mato, nadó durante unos larguísimos 20 minutos, en las gélidas aguas de la Caletta Potter en la Antártida Argentina, en el mismo escenario donde un año atrás una bióloga inglesa pasó a mejor vida por no aceptar el convite a jugar de una foca leopardo.

Gaviotas, cormoranes, pingüinos, el incontable plancton del mar, los glaciares circundantes saludaron con beneplácito y algarabía la reafirmación a pura brazada de la Soberanía Nacional por parte de Inés.

A continuación, compartimos las palabras de Griselda Gambaro, que escribió un cuento para niños contando esta nueva histórica y creativa gesta soberana sobre nuestro territorio más austral.


Del libro: A nadar con Maria Inés

GRISELDA GAMBARO

Les cuento mi última aventura. Abríguense, porque es mucho más fría que la del Canal de Beagle

o del Lago Argentino.

Les pregunto: ¿cuál es el lugar más gélido del país? (¡Ay! ¡Un despistado me contesta Mar de Ajó!).

¡La Antártida, por supuesto!

Quise nadar en una caleta de la isla 25 de Mayo que está a poca distancia de la base Yubany, en el continente antártico.

El día fijado para mi zambullida fue el 6 de febrero, el año: 2006.

Ese día, el capitán del Puerto Deseado, que éste era el nombre del buque que nos daba alojamiento, me dirigió unas palabras, el tono severo, la expresión muy seria, como llamándome al orden:

- ¿Ya está lista? No tarde más.

¿Qué decía? ¡No iba a mandarme! Pero en seguida comprendí que no quería mandarme.

Simplemente, estaba mirando el horizonte y como sabía mucho podía leerlo como ustedes un libro del colegio.

- Esas nubes - señaló - indican que el tiempo puede cambiar dentro de poco.

Yo las miré - a las nubes - y me di cuenta de que era mejor apresurarse.

Dos gomones ya estaban alistados para ponerse en marcha.

¿Por qué dos, si siempre me acompañaba un bote? Porque en la caleta de la isla había unas focas

llamadas leopardo que podrían arrastrarme al fondo. Solían ser tantas y las profundidades tan hondas que si me arrastraban, yo difícilmente podría emerger de nuevo a la superficie.

Entonces, ¡adiós, María Inés!

Pero cuando yo nadé, ¡qué suerte!, las focas no aparecieron.

No me decidía al chapuzón. Me di cuenta de que necesitaba una señal propicia.

Y de pronto, apareció la señal: una gaviota.

Las gaviotas de la Antártida no son como las de Mar del Tuyú o San Bernardo, que en comparación con sus hermanas parecen pajaritos. Estas, las de la Antártida, son enormes y, con las alas desplegadas, tan grandes como águilas.

Pero águilas nada amenazadoras.

La gaviota volaba serenamente y se me ocurrió que me daba permiso para tirarme al agua.

Éste es el momento, me dije.

¡Entonces me zambullí!

Brazada va, brazada viene, nadé en ese paisaje de mar y de blancura de nieve donde apenas

sobresalía el pico oscuro de una montañita en la isla.

Y de ese pico vi avanzar, formando un círculo perfecto, otras tres gaviotas, igualmente grandes,

impresionantes.

La Naturaleza acepta o no que algo esté ocurriendo en su contorno, algo imprevisto como podían ser esos gomones que me acompañaban y una figurita (yo) en el agua. En ese momento, supe que la Naturaleza me aceptaba y me lo decía.

De pronto, una de las gaviotas abandonó el círculo y comenzó a planear descendiendo hacia mí.

Se detuvo muy cerca y, de haber habido sol, su sombra me hubiera cubierto.

Oí que desde los gomones me gritaban exaltados, a pleno pulmón. Señalaban la gaviota:

- ¡Te está mirando, te está mirando!

Yo alargue el brazo en una nueva brazada y mientras levantaba la cabeza para respirar, torcí ligeramente el cuello en su dirección y nuestras miradas se encontraron.

¡Ah, esa mirada que intercambié con la gaviota!

No la olvidaré nunca.

Ella me contaba de las inmensidades en donde vivía, de sus vuelos, de sus descensos en picada para comerse los peces, del viento que le golpeaba el buche y se combinaba con sus alas para sostener el vuelo. Del lugar donde empollaba y de sus crías gaviotitas.

Y yo, ¿qué le conté? Pues cuánto había deseado nadar en la Antártida, rodeada del hielo de esas

inmensidades que ella conocía como la palma de su mano, digo, de su pata.

En esa larga mirada nos hicimos amigas, por un instante ella penetró en mi mundo y yo en el suyo.

Después, ella giró y se alzó para volar de nuevo con las demás gaviotas que la esperaban más alto, cerca del cielo. Agrandaron el círculo y así me acompañaron hasta que salí del agua.

Había nadado veinte minutos y, por supuesto, sentí más frío cuando tocó el aire.

Me abrigué en seguida con una vieja manta del norte, suave y peludita, que siempre llevaba conmigo.

Apenas me senté en el gomón, ¿qué se le ocurrió al capitán del barco?

¡Hizo sonar la sirena!

¡Pi, piiiii!, así sonaba alegremente la sirena en el silencio de la Antártida. Festejaba la sirena que había cumplido. Cumplido con mi deseo, con el mar helado, con mi amiga, la gaviota, que también me había contado -con su mirada- que su ilusión había sido ver a una criatura de la tierra nadar como una foca, por fin, en esas aguas.

¡Pi, piiiiii! ¡Misión cumplida